Sayaxché, ayer y hoy

Sayaxché, Guatemala

Don Jacinto Urzúa ha vivido toda su vida en Sayaxché, Petén. Es un agricultor de esos de hueso colorado; que se saben de la A a la Z en cuestiones de la tierra, al grado que de tanto acariciarla lleva impregnados en los labios su sabor, y en las manos su olor. De esos que saben trabajarla de verdad, que saben con mucho tiempo de antelación cómo será la primera siembra del año e, incluso, saben muy bien si habrá suerte de una segunda. Es de los que crecieron junto al río La Pasión, que han vibrado con su caudaloso rumor, de los que en sus orillas han visto cara a cara al jaguar, y que cuando fue patojo hasta se dio el lujo de curar las alas de una guacamaya herida a causa de una bala inoportuna.

 Así, Don Jacinto recuerda. Recuerda y lamenta. Su Sayaxché de la infancia, el que le vio jugar en las quemantes tardes de verano, cuando ir en pos de las huellas del pizote era todo un reto y toda una alegría. O el Sayaxché que se estremecía cada vez que aparecían los curtidos cortadores del palo de hule y que ya no existe más. Todo ha cambiado, se dice. Todavía hay selva espesa, el río La Pasión sigue su curso majestuoso de todos los días, y la algazara de los tucanes deleita hasta el espíritu más contrito y apagado.

Por eso ahora recuerda. Vuelve a vivir las largas tertulias en aquellas juveniles noches junto a su padre y sus hermanos, cuando contemplaban a las inquietas llamas del fuego donde se asaba un bulto que apenas una par de horas antes todavía era un hermoso tepezcuintle, al cual no le quedó más remedio sino sucumbir ante la implacable escopeta del abuelo Martín. Así, en esas charlas aprendió que Sayaxché es una palabra de origen maya q´eqchí, cuyo significado es “horqueta de ceiba” y que, ya entrado el siglo 20, durante mucho tiempo fue un campamento donde se asentaban los ávidos y a la vez furtivos cortadores de madera.

Oía extasiado, además, las reminiscencias de Don Martín  regocijándose porque un buen día ya no tuvo que hacer largas jornadas hasta La Libertad, Petén donde se asentaba la cabecera y forzosamente debía hacerse el matador viaje cada vez que había necesidad de realizar trámites. El suplicio era insoportable debido a que en aquel entonces no existían suficientes vías de comunicación y las pocas que funcionaban, presentaban una topografía digna del camino al infierno. Y por si fuera poco, sólo se podía recorrer a lomos de bestia.

Y no era ese viaje a La Libertad lo más penoso. Así, con grandes sufrimientos y mucho sudor, Don Jacintó Urzúa algunas veces viajó al Este, al municipio de San Francisco, Petén, a donde iba a vender sus verduras. Un día, recordaba, tuvo la suerte de ver de cerca el famoso baile de las chatonas, del cual sólo tenía referencias por los relatos orales del abuelo. También vio el baile del caballito y se dio la oportunidad de degustar los dulces que venden en las mesitas o de sorprenderse con las enhiladeras de flores. Recordaba también la manera cómo las veredas de Sayaxché lo llevaron en cierta ocasión hasta otro municipio cercano: Dolores, Petén, donde contempló extasiado la Estela #1, considerada la más grande de todo el departamento.

Y le gusta recordar la ocasión cuando esos mismos caminos lo condujeron a Poptún, hermoso lugar donde abundan los bosques de coníferas, especialmente el imponente Pino de Petén o Pino Caribe, cuando aún nadie imaginaba que un día lo atacaría la plaga del gorgojo. O aquellas ocasiones cuando las buenas ventas le permitieron darse una escapadita hasta Chisec y que en cierta oportunidad su distracción y afán de aventuras lo condujeron hasta las montañas de Raxruhá, ya en terreno de Alta Verapaz. ¿Y qué decir de aquella vez cuando las circunstancias y espíritu aventurero lo llevaron, uno ratos navegando y otros a pie, hasta alcanzar aquellos hermosos parajes donde las altas caobas y los enormes cedros abrían paso a un sendero que lo llevaría nada menos que hasta Ocosingo, en el estado de Chiapas, México?.

Pero… Sayaxché sigue vivo

En medio de su nostalgia, Don Jacinto Urzúa reconoce que aunque Sayaxché ya no es como en sus mocedades (lo cual ocurre en cualquier lugar del mundo) sigue siendo un paraíso. Un paraíso donde se conjugan la realidad con la pujanza del modernismo incipiente. En especial, el encanto de la planicie fluvial que forman los ríos La Pasión, Salinas y Usumacinta es incomparable. ¿Y cómo ignorar la majestad del arrullo que estremece los sentidos en cualquiera de los innumerables lagos, lagunas y lagunetas que se han formado gracias al abundante caudal de estos cuerpos hídricos.

Y aquel humilde campesino seguirá siendo un empedernido fanático de la naturaleza; de su naturaleza, porque lucha por conservarla, sin caer en aspavientos de histeria. Agradece a la vida el hecho de que ya no sea indispensable caminar larguísimas jornadas a pie, ni adormecerse los glúteos con extensas travesías a lomos de mula. Gracias a la modernidad, uno de sus lugares favoritos, las ruinas de Ceibal le quedan a sólo 45 minutos, cuando antes solo podía lograrlo en casi dos horas. Y si quiere visitar la aldea Las Pozas, donde viven dos de sus hijos y sus familias, le basta tomar el camino asfaltado. O, si lo prefiere, le encanta ponerse a tono con el río La Pasión y gracias a la opción del transporte tradicional, se desplaza durante una hora y media solo por el placer de sentir la fuerza del torrente, buscando con avidez el atisbo de algún cocodrilo extraviado, el raudo vuelo del colibrí, el sonoro canto de la chacha o el lejano rugir de algún oculto jaguar, creando toda una escena similar a la que debieron vivir los mayas cuando dominaban Petén.

Y así como estas historias, Don Jacinto tiene muchas otras. Se ufana de su rotunda negativa a usar repelente de mosquitos. “Hemos convivido juntos durante añales, por qué razón a estas alturas habríamos de atacarnos”, asegura. Y mientras sigue hurgando en su caja interna de recuerdos, Sayaxché sigue impávido haciendo su propia historia. Una historia donde se conjuga lo más bello del pasado con la esperanza de una mejor perspectiva hacia el futuro por llegar.

Sayaxché, Guatemala
Sayaxché, Guatemala

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