Rigoberto Lima Choc, petenero ejemplar

Rigoberto Lima Choc

Rigoberto Lima Choc, petenero ejemplar

Rigoberto Lima Choc vino al mundo en una fecha no plenamente esclarecida. Unos dicen que en 1986, otros que en 1987. Lo que sí se sabe en que fue en un rinconcito cuasi olvidado de la aldea Champerico, de Sayaxché, Petén. Eran años de esperanza, de ilusión. Guatemala había vivido años de mucha inquietud política y social y en el país se estaba iniciado un experimento que pretendía sacar al país del autoritarismo para dirigirlo hacia una ruta de contenido y aspiraciones democráticas.

Sus padres le bautizaron como Rigoberto. Era un patojo muy inquieto. Le gustaba estudiar y le iba muy bien en aquella vieja escuelita de Sayaxché en donde habían logrado inscribirlo. Sin embargo, nada tenía tanto valor para él como la hora de salir a jugar, de perderse por las barrancas o aprender a escalar árboles altos. Tampoco se comparaba con aquellas escapadas a los arroyos en las tardes de verano cuando el sol realmente se ensañaba con los seres humanos y amenazaba con quemarles, literalmente, la cabeza y las espaldas. Esas zambullidas y las horas interminables en el agua fresca, eran recuerdos que jamás se escaparían de su mente.

Escogió la carrera de maestro, a la cual se entregó con una vocación sin precedentes. Y lo que más disfrutaba no era la impartición de los cursos oficiales. Cumplía con ellos, es cierto, pero si algo le atraía y le cautivaba era relatar a sus alumnos esas historias de cuando Petén era “selva y aventura”. Y también disfrutaba haciéndoles conciencia acerca de la importancia de servir al prójimo, especialmente al más necesitado.

Pero nos estamos apresurando. Rigoberto Lima (Limita le decían algunos de sus amigos de infancia) era muy diestro en juegos tradicionales ( de esos que ya casi no se practican en Guatemala) como el trompo, el capirucho, el salto de avión, pero sobre todo, de las canicas. Guardaba en un frasco, con mucho celo, unas 200 bolitas de cristal que constituían su tesoro más preciado. Y es que le había costado un triunfo ganarlas. Esas cosas que solo los patojos entienden.

Otra de sus debilidades, pero que descubrió hasta los 10 años, era la pesca. Le fascinaba sentarse debajo de un arbolito o sobre una roca, a las orillas del Río La Pasión y deleitarse con la frescura de su mundo verde, mientras pasaban las horas hasta que llegaba el momento en que algún tepemechín, un alevín o ¡quién quita! Un blanco colosal picaban el anzuelo y eso le daba la oportunidad de tocar la gloria y llegar a casa con el almuerzo del día.

Rigoberto, además, era un chico muy dispuesto a aprender de todo. No le bastaba con la clase de Ciencias Naturales o de Matemática. Tampoco le era suficiente la pesca o la cacería. Él tenía una inquietud fuera de lo común. La naturaleza le había dotado con la astucia del jaguar y la velocidad del venado (porque vaya si era veloz). Pero, sobre todas esas cosas, tenía un corazón de ángel y estaba siempre dispuesto a prodigarlo a quien lo necesitara.

Eso lo descubrió un día mientras disfrutaba la hora del recreo y sacaba de su lonchera un delicioso y galanote pan con tepezcuintle que le había preparado su madrecita. Este animalito, que en aquellos años todavía era abundante en la selva petenera, no en balde era la comida preferida de Rigoberto. Se le hacía agua la boca cuando alguien mencionaba tepezcuintle en estofado. O con recado verde. O, vamos, simplemente tepezcuintle asado.

Pues bien, Rigoberto se disponía a darle una majestuosa mordida a aquel exquisito platillo, cuando se dio cuenta que Chepito Soberanis, un niño de su misma clase pero que aparentaba ser mucho menor a causa de la desnutrición, lo observaba (más que todo al pan) con ojos desorbitados, como en extásis, mientras la saliva amenazaba por escaparse entre sus mandíbulas.

Rigoberto no pudo evitar incomodidad ante la presencia de tan molesto individuo. Pero de inmediato se dio cuenta que la mirada de aquel niño denunciaba, más que hambre, desesperación. Sin pensarlo dos veces, se lo ofreció con la mejor de sus sonrisas. Chepito, avergonzado, le respondió que no muchas gracias. Pero Rigoberto, perspicaz como era a pesar de su edad, renunció con decisión al manjar y se lo entregó sin más discusión: “Cometelo, le dijo. Yo comí en el desayuno y seguro mamá me tiene otro pedazo en el almuerzo”. Los ojos de Rigoberto se llenaron de lágrimas al ver que su amigo devoraba el pan en cuestión de minutos. Chepito no cesaba de darle las gracias, lo cual incomodó a Rigo. Finalmente, ambos regresaron a clases muy satisfechos: uno, por haber saciado el espoleo inclemente del hambre y el otro, por la extraña sensación de alegría que le causaba desprenderse de algo tan preciado, tan sólo para satisfacer una imperiosa necesidad humana.

A partir de entonces aquella escena se repitió una y otra vez. Rigoberto no perdía oportunidad de llevarse un pan más, tan sólo para compartirlo con su amigo. Esa actitud de apoyo a los demás, sin embargo, habría de marcar a Rigoberto y en plena adolescencia, en lugar de perder el tiempo en bagatelas juveniles lo aprovechaba para hacer servicio social, o lo que él llamaba: el amor a los necesitados.

Así fue como se vio involucrado en actividades que requerían decisiones para resolver problemas. De actitudes positivas y decididas para reclamar lo que a otros se les negaba. Rigoberto Lima Choc ni siquiera estaba consciente de ello, pero lo que estaba haciendo era explotar sus condiciones de liderazgo. De liderazgo auténtico; de ese que siempre antepone el bienestar de los demás sobre el propio.

Así lo demostró cuando escogió el camino del magisterio. Era en realidad un apostolado. Si bien luchaba por los derechos de su gremio, también se preocupaba por los de sus alumnos. Y tiempo después, por los derechos de las comunidades. Por todo ello, no fue extraño que encabezara protestas cuando en el Río La Pasión se produjo una terrible mortandad de peces. Tampoco fue raro que buscara en la política un camino adicional para realizar sus sueños de conquistar un Petén mejor; una patria más justa.

Lamentablemente, Rigoberto Lima Choc, al fin ser humano cometió un error (al fin y al cabo se trataba de un ser humano con virtudes y defectos); error que en nada borra lo que hizo en todo cuanto emprendía. Ocurrió que, llevado por la pasión, se fue a enamorar de la persona menos conveniente, tal como lo confirmó su señor padre, don Israel Lima Gutiérrez. Y así, lamentablemente, el 18 de septiembre de 2015 fue abatido a balazos en una calle del municipio de Sayaxché, por individuos que se conducían en una motocicleta.

Casualmente, Lima Choc recién había ganado una concejalía en la Municipalidad de Sayaxché y se preparaba con mucha ilusión para emprender una nueva etapa en su vida que lo habría de llevar a la concreción de otras aspiraciones que alentaba en favor de su comunidad. Aspiraciones que fueron cortadas abruptamente por manos asesinas, a las que en ningún momento les asistía la razón para perpetrar este horrendo crimen.

Lo menos que pueden hacer los habitantes de Sayaxché es recordar a Rigoberto Lima Choc como un héroe; como un modelo de amor a la humanidad. Como un petenero ejemplar.

Rigoberto Lima Choc