Mi vida cerca del río La Pasión

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Así era mi vida cerca del río La Pasión, Sayaxché

Nací en Sayaxché, Petén y puedo decir que fue lo más afortunado que pudo ocurrirme. ¡Tantos recuerdos se acumulan en la mente! ¡Tantas escenas jugando junto al río, las veces que estuvo a punto de ahogarme en sus aguas, las mañanas de fútbol en el viejo potrero de mi abuelo, las escapadas en las tardes hasta el árbol de guayabo para contemplar los loros volando de regreso al nidal. También los días y noches de vacaciones escolares, cuando el tiempo se nos hacía pequeñito, muy pequeñito, porque no nos alcanzaba para jugar y, años más tarde, ya mayorcitos, no alcanzaba para enamorar a las muchachas que conocíamos desde niñas, pero que de pronto habían empezado a crecer y ahora las mirábamos de modo, digamos, distinto…

Pero mis mejores recuerdos se relacionan con todo lo que tiene que ver con el río La Pasión. Ese que discurre ahí nomás, a unos cuantos metros del centro del pueblo. Cuando lo recuerdo, estoy seguro que me enamoré de esa corriente. Recuerdo, sobre todo, aquellas muchas tardes hermosas llenas de fulgores, cuando contemplaba admirado el misterioso paso de la tarde brillante hacia el ocaso de  un día más. La corriente del río, presurosa, arrastra consigo los troncos de cedro y caoba que los contrabandistas sacan furtivamente aprovechando la fuerza de las aguas y la indiferencia de las autoridades.

También me encanta revivir el paso de los pihuas, como se llama por aquí a  los cangrejos de río, viajando sobre los lomos de La Pasión, casi dormidas y me recuerdo cómo las preparaba de deliciosas doña Mercedes Castellanos. Esta remembranza va paso a paso. Las pihuas son negras pero al caerle agua caliente se vuelven rojas, al casi pintar la noche asoma una hermosa lancha que gobierna el compadre Neto, amigo  de don Leonel Reyes. De pronto veo venir al Emiliano Méndez, cargado con sus varios sacos de habas, maíz y otros alimentos, con los cuales piensa paliar las necesidades del hogar y, de paso, compartir algo para quedar bien con doña Emilia Chávez Castillo, nada menos que su aspirante a suegra, porque han de estar y estarán que por aquellos tiempos el Emiliano estaba colgadísimo de la Carmen Elizabeth, la hija de doña Emilia. Muchos pensarán “Qué chaquetero este maje”, pero lo que no saben -y por eso lo cuento aquí- es que en Sayaxché se acostumbraba conquistar con alimentos a la futura cónyuge y, con mayor razón, a los padres de la novia.

Recuerdo que también me llevaba bien con algunos viejos. Increíble pero entre adolescente y adulto a veces pueden surgir buenas amistades. Por ejemplo, don Héctor Guzmán me enseñó muchas cosas porque era carpintero de los meros buenos y con mucha experiencia en la vida. A veces íbamos a tomar refrescos donde doña Nita, quien siempre me regalaba alguna tortilla con iguana o un poco de sopa de tortuga, alimentos exóticos que tenían buena demanda entre los obreros del pueblo.

Con el tiempo me di cuenta que me hacía falta escuchar las historias de don Héctor, porque ocurría que a menudo tenía que irse a trabajar a la frontera con México, donde decía que se ganaba buen pisto. Por don Héctor conocí a Gustavo Morán, quien no era de Petén; ni siquiera era de Sayaxché pero se había quedado a vivir aquí, a donde llegó, después de abandonar sus estudios universitarios. Llegó huyendo de un gobierno que perseguía a los estudiantes y como vio que estaba difícil regresarse a la capital, se radicó en Sayaxche, donde logró negociar un pedazo de tierra y se dedicó a sembrar ajonjolí, chile y otros productos para la mesa del hogar. .

Pero mi mero amigo, que sí era de mi edad, era el tal Hugo Donis. Este era mi mero compadre desde güiros y me gusta recordar cómo hacíamos travesuras de todo tamñaño, como cuando nos robamos todos los ejemplares de la Prensa Libre que don Rubén, su distribuidor en el municipio, había dejado en una banca mientras se entraba a echar el quitagoma en la cantina “El Rancho Alegre”. Cuando salió, menudo fue su susto y su cólera, pero ya nosotros nos habíamos encargado de regalar todos los ejemplares a cuanta persona encontramos en el camino, diciendo que era una cortesía de don Rubén. Eso sí: lo que no me gusta recordar es la cueriza que me pegaron por hacer semejante barbaridad con el pobre voceador.

El Emiliano y la Carmen Elizabeth finalmente se casaron y los patojos perdimos un buen alero. Ya no se juntaba mucho con nosotros porque tenía que trabajar y hacer todo lo que le decía su doña. Un día, después de estar pescando en el río La Pasión llegué a regalarles unos sus pescados a Emiliano, con tan mala suerte que en ese momento se despedía una amiga de la Carmen Elizabeth que le había ido a contar que su marido, El Emiliano, “andaba enredado con una tipa de Las Cruces y que se veían por el El Pucté, ahí cerquita del río La Pasión.

La mujer estaba que echaba chispas y entonces yo le pregunté qué le pasaba. “No te hagás el tarado que bien lo sabés, desgraciado. Se me hace que sos el tapadera de las muladas que anda haciendo el Emiliano. Qué casualidad que le traías pescados de La Pasión. Juntos han de haber estado y ahora te venís a hacer el santo”. Me quedé mudo de al tiro, sin poder decir ni rosca y no le atinaba a entender qué le pasaba a la Carmen Elizabeth. “Así que mejor ni vengás por acá, no quiero verte ni en pintura, celestino zopenco. Lárgate de una buena vez”. Y ni modo, tuve que irme con mis pescaditos, sin entender por qué me había tocado ser el chompipe de una fiesta donde nunca estuve-

Esa noche, sin querer pasé por “El Rancho Alegre” y ¿qué creen? Ahí estaba el tal Emiliano libando y dando gritos de dolor, al mismo tiempo que maldecía. Sin decir ¡agua va! Lo habían echado de su casa. Hasta entonces, Emiliano nunca había tomado guaro. Muy triste entré a la cantina y cuando me vio, sus ojos se pusieron aún más llorosos. ¡Vos largate – me dijo- sos el culpable de toda mi desgracia. Vos le dijiste a la Carme Elizabeth que yo me andaba refinando a la Elisa González y hasta le dijiste que habíamos estado pescando en La Pasión- ¡Qué desgraciado! ¡Salí de aquí o te crucifico a balazos!

Y era cierto. Bueno, al menos tenía pistola como siempre lo hacía, aunque decían que nunca le había disparado a nadie. No quise salir y justo iba a tratar de calmarlo, cuando un silbido casi me dejó ensordecido. ¡Me había tirado un balazo que me pasó rozando la oreja y por eso tengo esta cicatriz de aquí ve! Rápido cual venado salí corriendo, pero con el corazón destrozado porque un acto de amistad, como era el de regalar a mi gran amigo unos peces que había atrapado, resultaron en un gran quilombo.

Corrí y corrí porque el Emiliano me seguía disparando. Sólo porque era tan malo para tirar todavía estoy contando el cuento. Pero juró que no me dejaría en paz. Pensé que era por la borrachera pero al día siguiente llegó a buscarme a mi casa, habló con mi mamá y solo Dios sabe que le dijo que mi viejita, toda asustada, me fue a buscar a la cañada para decirme que me fuera volando donde su hermana, allá en la capital.

Así lo hice, más que todo para no causarle más pesar a mi mamita. En ese momento agarré unas cosas, unos pesos que tenía y me vine para Guate. Aunque nunca más supe de Emiliano y Carmen Elizabeth, tampoco me dieron ganas de regresar a La Pasión. Desde que me hice capitalino perdí contacto con mis amigos de Sayaxché. De vez en cuando me da el gusanito de volver al río La Pasión, pero como ya murió mi madre y como ya no tengo amigos, mejor me quedo en esta jungla de asfalto. No vaya a ser que me encuentre el Emiliano…

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